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Bodas diferentes, celebraciones únicas

Marta y Pablo se casaron a finales de verano porque la luz dorada de septiembre les encanta. Para nada querían una boda convencional, en un viaje a París, Marta encontró un vestido vintage en una tienda de Le Marais, y desde entonces supo como iba a ser su boda, íntima, relajada y sobre todo entrañable. Pablo mucho menos complicado, se hizo un traje a medida que le sentaba como un guante.

Tras la ceremonia en una pequeña iglesia cercana, se sirvió un largo aperitivo en el jardín que disfrutaron con sus íntimos al calor de los últimos rayos de sol de la tarde más bonita del verano.

Todo el mundo recuerda el jamón, el bodegón de quesos, la crema de tomate y el ajoblanco, las deliciosas croquetas, las frescas rabas, y sobre todo el champán francés bien frío,

No había prisa para sentarse a cenar, las mesas estaban preciosas, blancas, con pequeños arreglos de flores que parecían puestos por casualidad y caminos de hiedra salpicados de velas. Eligieron una cena sin complicaciones, platos sencillos y exquisitos, foie grass caramelizado, paletilla de lechazo churro y una deliciosa tarta tatin de manzana reineta servida al modo tradicional, templada y con crema agria.

Marta estaba guapísima, eligió cenar en la mesa larga, por las dos enormes lámparas rescatadas de un antiguo teatro que tiene encima, le pareció tan romántico que no se planteó otro sitio.

Luego, la fiesta, copas, mojitos, gin-tonics, risas y canciones de esas que a todo el mundo te recuerdan algo.

Al final, lo mejor, las confidencias con sus hermanas en los sillones de los sauces.